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InspirArte 2018 . Sesión 10

LA NOCHE DE LA CIUDAD DE NUEVA YORK, Mariano Botet


El último beso 

 

Y después de una pausa, de localizar el monedero en el bolso, de colocarme bien la falda, la blusa, la chaqueta, el pelo... al fin entro.
La recepcionista, mona, cómo no, me escanea con rapidez y disimulo profesional según me acerco al mostrador.
Me pone delante una ficha de papel y una sonrisa también de papel. Y me pregunta cuánto me voy a quedar. Le digo que una sola noche.
-“¿Espera alguna visita en la habitación?”
-“No, sólo yo, le respondo”.
Desusado, pensará. Vendrá tanta gente a dormir como a no dormir.
-“Tengo reserva. Habitación 5” -digo, mientras relleno la ficha.
-“Ah, sí. Claro, señora... eh... señorita... Santa María”. -(Sí, en eso estoy, pienso)-.
-“Piso 13, habitación 5, como reservó”.
Cojo la llave y me despido dejando la ficha. Sin sonrisa. Total, le sale a ella mejor.
Mi cabeza... Ahí viene la nube... la deshecho. “Céntrate, idiota. Pulsa el botón”.
Gracias a Dios, el ascensor se abre rápido.
Entro y pulso el botón del piso 13.
Trece.
A alguna otra persona, en algún otro momento, le podría hacer gracia. Pero hasta a mí me suena manido.
¿Intencionado? ¿Casualidad? ¿El destino? Me importa una mierda, como todo lo demás. Lo que me interesa es la habitación. Justo encima de la entrada al restaurante.
El ascensor sube... Miro a la puerta. A los botones, al indicador, al techo, al suelo.
La palabra restaurante siempre tuvo un matiz dorado en mi imaginación. Sobria, marrón... Quizá por la madera. Y con dorados.
Bah. Céntrate.
Me aburren las palabras, me cansa ya pensar. Las lágrimas no se acabarán nunca, pero las ganas de llorar sí. Y estoy muy harta. De eso y de todo. Y no hay alegría por saber que acabará pronto. Ni pena, ni prisa. No hay nada. Sólo cierta preocupación por no fallar en el tiempo. Espero que no. Mi profesora de música decía que tenía un excelente sentido del tiempo. A ver.
Qué asco de ascensor, no llegará nunca...
Al fin salgo del ascensor.
Oh, un empleado de planta. ¿Todavía existe eso?
-“¿Lleva equipaje, señora?”
No soy ya señora de nadie, imbécil: me abandonaron por otra más joven y guapa que aún no pide nada más allá de cositas brillantes y que la rellenen como a un pavo.
Pero no le digo eso. -“No, viajo ligera, gracias”-  Y no sabes cuánto, muchacho, pienso. Echo a andar. De repente me vuelvo y le digo -“¡espera!”- Abro el bolso y le doy 80, todo lo que llevo. Buena propina, ¿eh, niñato? Total...
Se queda un tanto descolocado.
-“¿Eh... quiere la señora... necesita algo? ¿Ahora... o después?”
-“Vete a atender a alguien por ahí”, le espeto en la cara, en la esperanza de que entienda que se puede ir a la mierda. O no, me da igual. Se da la vuelta y se va. Como yo.
Ando hasta mi habitación. Cinco. La llave entra,  gira. Abro y entro. Tomo aire y respiro. Respiro la habitación y me respiro a mí misma.
Así que aquí estoy.
La habitación es mediana, con cama de matrimonio. Apropiadamente acogedora. Apropiadamente limpia. Apropiadamente anodina.
Me acerco a la cama. Viene la nube de nuevo. Me giro y me acerco a la ventana. Tardo poco en abrirla y mirar abajo. Puedo ver la entrada al restaurante. Justo debajo de mí. Trece pisos más abajo.
Ahí vendrá esta noche. Con su nueva imbécil. Más joven ¿más guapa? Quizá sólo otra más joven. Quizá sólo otra. Estoy temblando. No importa.
No está bien vulnerar la privacidad de alguien, pienso, sacando su agenda del bolso. Tampoco está bien vulnerar la confianza de alguien. Ni su vida, su futuro, sus esperanzas, sus sueños. Y él vulneró todo lo que podía de mí. Así que no me siento mal por robar su agenda.
No es la que yo le regalé. Es otra. Cómo no.
“Hoy, cena a las 20:00h”. Qué organizado. Leo el nombre de ella. Hasta su nombre me parece tonto. De acuerdo que estoy poniendo cosas ahí. De acuerdo que no soy objetiva. Pero ese nombre me parecía tonto incluso de niña. Amarillo, chispeante, con burbujitas. Como si los padres esperaran que su niña fuera guapa y tonta al ponérselo, para hacer juego con el nombre. Quizá fue así. O quizá es buena cría.
No sé. Ni me importa. Mi parte de la historia es otra. Más negra. Más triste. Como siempre. ¿Quizá para hacer juego con mi nombre? Mi padre decía que era un nombre épico, trágico... Sonaba importante. Hasta leí a los griegos para saber quién era ella. Y sí, en cierto modo, quizá es apropiado. ¿Justicia poética? A la muy zorra de la justicia le pueden dar.
Me vuelvo hacia la habitación. Me quito los zapatos, acerco una silla y quito la pila al detector de humo. Me acuesto en la cama. Rebusco en el bolso. Me enciendo un cigarrillo.
¡Ja! Incluso ahora me cuesta transgredir la norma. Pero es excitante la impunidad. ¿Cómo viven los que viven siempre transgrediendo? ¿Los que siempre se sienten impunes?
Y de nuevo pienso en él. A él no le importaba transgredir. Si no lo hacía, era por un sentido práctico. Le convenía o no le convenía. Sin más. Yo era la niña buena. La niña reprimida. A él no le costaba saltarse la norma, lo convenido. Quizá eso me gustó de él. Llegado el caso, miraba por lo que quería. Más allá de normas, más allá de los demás.
¡Hola! Yo soy una de los demás. Me río. Idiota. Vienen lágrimas.
Con práctica, trago y las reprimo. Respiro. Fumo. Las cambio por rabia. Miro el reloj de  la mesilla y lo compruebo con el mío. Bien. Queda media hora. No me voy a dormir.
Y como siempre, no dejo de pensar en él. Qué fácil le fue decirlo. Qué fácil le fue irse. Qué fácil estar delante de mí y de mi llanto. De mi dolor, de mi morir por dentro. Y ni siquiera le insulté. La niña buena. Sólo llorar y llorar. Y pedirle. Y qué fácil le fue decir “no”. Ni siquiera un último beso. Ni siquiera una cita después. Una explicación. “¿Pero me quieres?” Ni tan sólo una respuesta. Ni ese último beso.
¿Qué pongo en ese beso que me importa tanto? Ya me da igual lo que pusiera allí. Simplemente lo quería. Y me lo negó. Con todo lo demás.
Miro la hora. En los dos relojes. 6 minutos. Bien. Quiero salir de aquí. Quiero que acabe esto. ¡Mierda! La rabia que me sostiene. Me pongo de pie. Me pongo los zapatos. Voy a la ventana. La abro, me asomo. Y espero.
Tarda poco en llegar su coche. Ahí llega, ahí se para. Mi corazón se acelera. Alimento la rabia. Y ahora no puedo controlar las lágrimas. Da igual. Más rabia. Me enjugo los ojos, me golpeo la cara. Miro, enfoco.
Baja del coche. Solo. Rodea el coche. Oh, ¿a ella sí le abres la puerta? ¿Aún en período de prueba, mamarracho? Baja ella del coche, envuelta en su juventud. Él le deja las llaves al aparcacoches. Vamos. Se dan la mano.
Y cuando echan a andar hacia la puerta del restaurante, entra en juego mi sentido del tiempo. No quito la vista de él. No me duelen las rodillas contra el marco. No noto el frío en mi cara mojada. Tomo aire. Tiemblo pero no hay duda.
¡Dios mío! El vacío en el estómago, el viento en mi cara, su forma se acerca, mirando hacia arriba al oír mi grito. Lo último que vemos, la cara del otro.
Dime que no a esto.
Al fin. Para mí.
Un último beso.

Francisco Roig

Mundo moderno


Yo no vine a tratar de definir el tiempo, seria definir el mismísimo universo,                                                                           
el inicio y el final, y ahora que lo pienso la existencia y el origen,
humanos temiendo a leyes humanas cuando son las leyes del universo las que nos rigen.
Yo vengo a hablar de tiempos modernos, la sociedad, como hábito la red social para movernos,
nos individualizan, si no eres como ellos, vives en un infierno,
te hacen crear perfiles falsos para llenar vacíos internos.

En estos tiempos modernos, cada vez más cerca, cada vez más lejos,
500 “likes” en Instagram pero no te gusta lo que ves en el espejo.
En estos tiempos modernos, se sabe dónde estamos, con quién y lo que hacemos,
sentados en la misma mesa es normal que ya ni hablemos, que ni nos miremos,
pero bien decía la abuela, los alimentos son sagrados no son para que los grabemos.

Grabamos a las personas peleándose, accidentes, muertes… pero no intervenimos,
y ojalá no nos veamos en esa situación, ni pasemos por el mismo camino,
porque cuando tengamos un accidente y veamos luces apuntando hacia nosotros en vez gente interviniendo
vas a darte cuenta de lo poderosa que es la tecnología y también del daño que está haciendo.

En estos tiempos modernos, las mujeres cada vez más libres, cada vez se muestra más respeto,
están consiguiendo el lugar que siempre merecieron, alcanzando mejores puestos,
pero yo no hablo de superioridad, es mi opinión y lo que siento,
un hombre cargando un bebé también merece que le cedan el asiento.

Vivimos demasiado deprisa, no nos paramos a observar el camino, nos acercamos al abismo,
dejamos pasar momentos únicos, señalamos a los demás, nos apodera el egocentrismo,
y para que seamos más empáticos y que nuestra ciudad no tenga que pasar sismos,
desconéctate 4 segundos de la red y conéctate 7 segundos contigo mismo.

Manuel Fernández San Ruperto


InspirArte 2018. Sesión 9


'EL JINETE AZUL', Vasili Kandiski (1903)

 


 

La huida (El jinete azul)
 

 - Tengo que salir de aquí – pensaba a cada instante mientras sus ojos repasaban milímetro a milímetro el lugar en busca de algo que le permitiera inventar cómo hacerlo. A través del ventanuco escuchó el movimiento de un animal. Apenas encajó la mirada entre la grieta de los maderos, encontró los ojos brillantes del caballo fijos en ella. 

Era pequeña, y ahora lo era aún más. Reunió todas las fuerzas que pudo y con sus manos arrancó los clavos que unían los barrotes cruzados; como un gusano logró salir de allí. 

La noche la escondería. Había que darse prisa antes de que despuntara el alba pues él no tardaría en levantarse y venir en su busca.
Salir, huir…su piel no aguantaba otra madrugada más. Iba a morir de todos modos, así que mejor si era en cualquier otro lugar que no fuera dentro de esa pesadilla.

- ¡Qué suerte la mía! –nunca antes había reparado en que hubiera un caballo por allí–. ¿Dónde estaría este caballo dócil que se inclina para que pueda subirme a su grupa?

Con paso tan lento como cabía en el silencio, la respiración contenida y la boca cerrada, se adentraron en la penumbra hacia cualquier parte. Anhelaba el momento de perder de vista el maldito lugar. Y en el deseo, pudo por fin atisbar el horizonte. Entonces empezó a soñar. No hay temor cuando se viene del infierno. No importa recorrer kilómetros sin nada que llevarse a la boca, pues la inanición es preferible al miedo. Mejor si las cosas se deshacen y dejan de existir, y con ellas quienes explotan para poseerlas. Explotar, solo la palabra haría estallar sus oídos. El ruido, la tierra en suspensión manchando la boca, la mirada sucia y lasciva; las pisadas de pies enormes cayendo sobre las losas del cuarto, y aquellas manos... El dolor. 

Noche tras noche caía la sombra infame. Inmóvil, aguerrida, solo la imaginación venía en su auxilio y a ella se entregó; a ella le entregó el llanto seco, tragado con la saliva espesa de quien no puede borrar imágenes impresas con sangre.

Morir mientras vives, qué terrible vida cuando no es vida. Qué hermosa cuando puedes mirar los lugares y elegir quedarte…o irte, o permanecer sentada en la orilla del río que ya no es frontera sino camino.

Trotar, cabalgar hacia la montaña donde la luz se vierte en azules. Soñar con el sol, con los días claros de la inocencia, con el desconocimiento del terror. Soñar con días venideros, con libros por leer y cuadros por pintar. Soñar con vivir.

Al abrirse los primeros claros comenzaron a emerger los tonos de una realidad hasta entonces inexistente. La tierra fresca se alzaba al cielo y allí la montaña azul se convirtió en destino. 

-    Vamos hacia ese lugar, dijo por fin al caballo.

En el espacio abierto bajó la tela con la que se había envuelto el pelo y cubierto la cara hasta los ojos. Sintió el aire en el rostro y conoció entonces los colores del caballo que la llevaba como si fuera ella misma. 

Caballo: Trotar, cabalgar, huir…. Con el jinete azul, con la amazona azul.
El movimiento de las piernas de esta muchacha sin nombre marca el ritmo de esta peripecia.
-Mujer, ven aquí, decía la bestia al entrar en la cuadra.
Su nombre era el de todas. No para mí. La llamé Blanca por el color de su piel, cada día más anciano y desvanecido. Muchas veces había tratado de llamar su atención con los escasos movimientos que podía hacer en aquel cuadrilátero, trataba de decirle que yo también quería salir de allí golpeando lo que tenía a mi alcance. Sin voz, con la boca sujeta a la enorme cabezada cerrada a modo de armadura, no podía relinchar. Siete noches en aquel infame destino.
Como una pluma que evita ser sentida, solo sus palpitaciones tocan mi piel, y así sé que sigue existiendo. Ni una palabra, ni un gesto que indique más que el deseo de alcanzar las montañas y atravesarlas. Cabalgar, llegar tan lejos que no puedan nunca encontrarnos, llegar más allá de los perfiles de un mundo pintado de impuros colores que esconden la oscuridad de la mentira, arrancar el recuerdo de una sociedad aduladora del éxito y sorda al inocente. 

Me voy, nos vamos, el caballo azul y yo, hacia un mediodía en el que quepa el olvido.

Juana M. Martínez Martínez


Valentía

 

– No puedes –Me repetía constantemente–. No sobrevivirías ni dos días.
Las dudas me asaltaban a cada rato y yo no hacía nada por reprimirlas. Sin embargo, todo el mundo me apoyaba.
– Tú puedes –Me decían mi padre y mi hermano.
– Hay que ser realista, solo con querer no se cumplen los sueños. Es muy difícil. –Es lo único que se me ocurría decirles.
Lo que ellos no sabían es que yo tenía una duda constante sobre mi capacidad. Tenía claro que iba a luchar con uñas y sangre por conseguir mis sueños, pero ¿y si eso no era suficiente? ¿Y si no solo con querer y luchar bastaba? ¿Y si no era lo suficiente lista o el agobio me sobrepasaba?
Solo me quedaba esperar, el destino decidiría si debía ir o no.
Pasaban los días y yo seguía con mi vida: del trabajo a casa y, de vez en cuando, del trabajo al bar de mi novio. Hoy era uno de estos días. Fui directamente, sin ducharme. Al fin y al cabo iban a ser solo 5 minutos, darle un beso e irme.
El bar estaba vacío, él estaba limpiando una mesa. Me senté en un taburete de la barra y esperé a que terminase. En cuanto me vio soltó con cara de pocos amigos: “vaya pelos, encima hueles a sudor”. Tan simpático él como siempre. Ignoré sus comentarios y le pregunté qué tal le había ido el día. Me contó con detalles que se había peleado con uno de los clientes y esto le había puesto de mal humor. Esperaba que al final me preguntase cómo me había ido a mí, pero no lo hizo. Cogió el móvil y se sentó al otro lado de la barra.
– ¿Sabes? –Comencé a decirle un poco nerviosa–. Mi orientadora laboral me ha dicho que ve muy accesible mi plan de estudios, a lo mejor debo empezar a replanteármelo de verdad.
– ¿Todavía sigues con esa idea? Ya te dije lo que había si te vas.
No podía contar con todos los dedos de mi cuerpo cuántas veces me había dicho que nuestra relación terminaría si lo hacía. Pero no me producía ningún remordimiento admitir que me daba igual acabar con esto.
– Si, lo sé. Pero me hace mucha ilusión y tengo ganas de intentarlo.
– Tú te crees que todo es muy fácil, que vas a presentarte allí y conseguir todo lo que te propongas. No es tan fácil Paula.
Ya no sabía qué contestar, tenía razón.
Continuó hablando: – Te lo digo por tu bien, cariño, no quiero que te estrelles y termines destrozada.
– Pero ¿y si no lo hago? ¿Y si lo consigo? –Contesté, esta vez con valentía.
– No lo vas a hacer, de ser así no gastaría saliva en decirte esto.
Algo hizo “clic” en mí al escucharlo. Me levanté enfadada y me fui a mi coche mientras escuchaba a mis espaldas varios improperios. De camino a mi casa encendí la radio con la intención de tranquilizarme. En ese momento estaba sonando una canción súper rockera: 

Voy en coche que robé anoche
a un tipo listo que iba a ligar
es un spider con dos asientes
coge doscientos sin apretar.
...
Dile a papá, que me voy de la ciudad.
Diles a los chicos, que no volveré más.
Y en la autopista las rayas bailan
como coristas de Cabaré.

Aquí estaba el destino del que había hablado antes. No sé si fue mi enfado o mi orgullo lo que me ayudó a decidirme. O tal vez fue de verdad una señal. Metí en la maleta lo necesario en menos de 5 minutos, si se me olvidaba algo podía mandármelo más tarde mi padre. Sin embargo, no podía olvidar el caballito de juguete que me había regalado mi abuelo antes de fallecer. Le prometí que me acompañaría en todas mis aventuras y locuras. Tras esto, llegó el momento en el que más dudé: abrí el cajón y vi por primera vez desde hace meses la carta de admisión de Oxford para estudiar física en su universidad. Cogí todos mis ahorros y fui en dirección al aeropuerto de Valencia escuchando de nuevo la canción del grupo “Cristina y los subterráneos”, no sin antes dejarle una nota a mi hermano en la que ponía “Dile a papá que me voy de la ciudad. Os quiero.”

Alba Rascón


 

InspirArte 2018. Sesión 8

LOS AMANTES, René Magritte (1928)

 

Y cuando se despertó, la incertidumbre todavía estaba allí. La noche anterior había estado cavilando sobre el plan que llevaba meses planeando. Es cierto que quizá el último gintonic la había mareado un poco, hasta el punto en que tuvo que llamar a  Jota para que pasara a recogerla. Algún día tendría que confesarle la verdad, pero no estaba preparada, aún no. Mientras desayunaba y mojaba las galletas en el café, pensaba en todo lo que le había conducido a esa situación. Todavía no estaba acostumbrada a su nueva vida, a todos los cambios que se habían producido  en ella en apenas un año, ni  se había habituado a su nuevo círculo de amistades. Incluso ahora tenía novio, o pareja o como quisieran llamarlo, sin etiquetas. La cuestión es que ya no era la misma persona. Había luchado contra molinos, contra Goliat y había hecho frente a todo aquello que se le había ido presentando y, desde luego, llegados a este punto no iba a parar. AHORA no, eso seguro. Así que, mientras se lavaba la cara y borraba el maquillaje reseco de la noche anterior, pensó en ella y esta vez no sintió rabia, sino que un leve sentimiento de esperanza y satisfacción se apoderó al mismo tiempo que terminaba de limpiar los restos de lágrimas negras de la víspera. 

Desde que tuvo uso de razón, su madre le había hecho la vida imposible, a ella y a su padre. Estuvo con él hasta que lo dejó tieso, sin nada, absolutamente arruinado y con una reputación injusta. La verdad es que su abuela le habló de cómo era cuando se conocieron. Su madre, de familia humilde, de clase trabajadora, gente llana; sin embargo, sus gustos nunca fueron sencillos. Jamás sintió que encajase en su mundo, había nacido para ser algo más, para ser alguien. Y no se detuvo. Abandonó a todos y se propuso cazar a algún buen hombre con importantes recursos. Qué más daba todo lo demás, un matrimonio es un operación comercial, no deben entrar en juego los sentimientos. De esta manera, gracias a su belleza espectacular y a sus mohínes de gatita coqueta, llegó al corazón de Gustavo. Fue fácil conseguir que se fijara en ella y el noviazgo duró lo que dura un vaso de hielo en un whisky on the rocks, que diría Sabina. ¿Qué cuándo empezaron los amantes? Nadie lo sabe, quizá el primer año, quizá ese joven jardinero que venía dos veces por semana, algo sin sentido, o quizá ese apuesto profesor de yoga que le daba clases particulares por las mañanas, mientras él estaba en la oficina o en alguna reunión. Gustavo nunca sintió el menor ápice de duda por lo que ella sentía por él y las pocas veces que hubo algún conato de discusión , supo cómo nadie darle la vuelta para que fuese él quien pareciera  culpable y terminaba por pedirle perdón con lágrimas en los ojos. La única que fue capaz de atisbar algo, fue la abuela, pero quién no pensaría que eran los ojos de una suegra envidiosa y desplazada los que tergiversaban la realidad.  Los años no pasaron en balde, fueron padres. Pañales, peluquería,  nanas, manicura, colegios, masajes, actividades extraescolares, gimnasio, reuniones de padres. Podría resumirse así. 


Entonces, cuando menos se hubiese podido esperar, estalló todo. Se marchó con su último profesor de pádel , el de rubia cabellera rizada y bronceado permanente,  y lo hizo llevándose todo lo que tenía valor en la casa. Se quedó con las propiedades que tanto trabajo le había costado a su marido conseguir, pues le había hecho firmar documentos imposibles durante años, con excusas y mentiras que el bueno de Gustavo nunca supo ver. Premeditación y alevosía. Faltó nocturnidad, pues se largó a plena luz del día en un deportivo rojo sangre. 


Ahora mientras terminaba de secarse el pelo, Sandra recordaba que estaba la residencia universitaria, cuando  llamó su padre para contarle lo que había sucedido. Al principio, no quiso creerlo, pero luego todo cuadró. No obstante, decidió seguir como si nada, aguardando,  esperando el día en que pudiese tomar cartas sobre el asunto.   Por su parte,  Gustavo entró en un ciclo de depresiones y se sumergió en una vorágine de alcoholismo y cocaína. Apenas cinco años después falleció. Todo su mundo se derrumbó. No quedaba ningún cimiento de su vida anterior. Tendría que operar ya. La venganza se servía en plato frío, pero quizá ya se estaba enfriando de más.  


En el rato, que le quitaba la etiqueta a su conjunto de encaje negro nuevo, pensó en que tampoco estaba tan mal su nuevo aspecto. Incluso ahora tenía más éxito, si lo hubiese sabido a lo mejor lo hubiese hecho antes. Total, en pleno siglo XXI, la sociedad es más abierta y a nadie le importa tus gustos o tu sexo anterior. A Jota se lo dijo desde el principio, y no le importó en ningún momento. Se había enamorado de ella y de todos sus planos, caras, aristas y ángulos y ,además,  quién leches era él para juzgar a la persona más bondadosa que había conocido en sus treinta y pocos años de vida.     


Terminó de subirse las medias. Qué torneadas y sexys se veían sus piernas ahora. Se colocó el liguero y pidió un taxi. Comenzó así  el trayecto que la llevaría a cometer el crimen perfecto, aunque más bien ese trayecto había empezado mucho tiempo atrás. Qué bien le sentaba el pelo así tan rubio y ondulado y qué labios tan carnosos se veía en el espejo central interior del coche. Se sentía segura, bella, rematadamente sexy. No, no había mentido sobre su físico en esa aplicación de móvil para ligar, o al menos en aquello que se veía a simple vista. 


Llegaron a aquel coqueto restaurante italiano, apartado de cualquier mirada indiscreta. Bajó, pagó, le pidió que se quedara con el cambio. Allí, en la mesa del fondo, en la más resguardada, estaba él, cabello rubio y rizado, hermoso bronceado . Se notaba que se  había esforzado en arreglarse para la ocasión , incluso apestaba a litros de Hugo Boss desde la entrada del restaurante. El mâitre la condujo a su mesa. Se saludaron con un par de besos y se sentó.


-Buenas noches, veo que no mentiste. Tienes los brazos fuertes, mucho, como de un buen profesor de pádel se podría esperar.


Leticia Jiménez Ayala








InspirArte 2018. Sesión 7


UNTITLED from Marilyn Monroe, Andy Warhol (1967)



NORMA JEANE BAKER
Siempre me gustarán las biografías y las formas de vivir de las personas, sus historias, que han destacado por sus vidas y sus obras en determinadas áreas y disciplinas, en el arte, pintores, escritores, autores, artistas y gentes, en definitiva, que han innovado y ayudado con sus investigaciones y progresos.

Pero hoy me ocupa la personalidad de una DIVA que puso en jaque al mismísimo presidente de los E.E.U.U. una supuesta relación con su presidente.

Ahora paso a imaginarme cómo seria su relación con ella. Sus amores, películas, y toda su vida.

Puedo imaginarla con faldas y a lo loco o en la tentación vive arriba o los caballeros las prefieren rubias, una sucesión de éxitos que tantos momentos nos han proporcionado y hecho soñar con otras vidas y, a menudo, un reflejo de nuestros propios sueños, deseos y, por qué no, nuestras locuras más allá de nuestras monotonías diarias.

Norman Jeane Baker, icono sensual de América, rostro y reflejo de su imagen por unas pinceladas de color magistralmente creadas por el autor Andy Warhol, pasando a vivir en nuestros salones de casa, recibidores, pasillos, “en generaciones” dando color, vida y sensualidad.

Su vida sentimental, como una montaña rusa, la llevo a esta “última noche”, en una fría cama de hotel.

Estoy hoy, esta noche, en casa, y mirando todas esas imágenes coloridas, llenas de vida, fijamente veo como abandona esa pared, para vivir momentos de un piano en un rincón…

Con el antihigiénico humo de cigarros y una copa sobre él, una voz susurrante lo canta esa noche. Salió el color rosa de ese cuadro y con ese color explica cómo se puede sentir esa última noche, fría, en soledad. No puedo imaginar cómo se sintió, dónde se dirigió esa última mirada de luz, sensualidad y de vida que un día dejó para posar sobre el “icono” de “modernidad”, glamour de toda una época.
Hoy, sentada, recostada en mi sofá de piel azul cielo, puedo imaginar cómo se seduce, esa mezcla de  banalidad, fama y apariencias, fachadas de sentimientos reales desde su más profunda soledad.

Su misteriosa y tortuosa vida se entremezclan con toda una época, década en la cual vi la luz, años sesenta, creando un movimiento artístico, POP ART, esta mezcla explosiva de imágenes, bellas, cotidianas. Estilos de plano colorido y extrema luz no podían dar otra versión más mágica, en la cual “yo”, aquí en mi sofá azul cielo, puedo soñar saliendo de esos momentos de sueños, vida y amores.
“Ver la belleza es fácil solo hay que fijarse en ella”.

No me pertenece dicha frase pero es de una belleza… la cual he intentado describir desde mi más humilde visión de dichos artistas ambos muy grandes, “muy grandes”

Isabel María Saura


QUE PAREZCA UNA ACCIDENTE

Megan atraviesa la verja de esa pequeña granja, donde vive su agradable aunque algo extraña vecina, y en cuanto la ve se acerca apresuradamente pues quiere proponerle algo.
-    Jane, tengo que pedirte un gran favor.
La vecina de Megan, al escucharla, se baja las gafas de lectura y presta toda su atención en esa joven amiga y cómplice en gustos literarios (ambas se intercambian libros frecuentemente).
-    Acabo de ver anunciada en la ciudad la próxima exposición de un joven artista.
-    ¡Ah sí! – responde sorprendida Jane.
-     Me tiene impresionada, se llama  Andy Warhol.
-    Algo he oído de él en la radio, responde Jane.
-     Parece que va a ser un gran éxito, lo vi en un reportaje que le hicieron hace poco.
-    No sé, ya sabes que eso del arte se asocia a los ricos y snobs.
-    Pues entonces les va a caer muy bien, pues es algo excéntrico y representa bastante bien los símbolos americanos.
-    ¿Como cuáles?
-    Desde latas de sopa hasta nuestra recientemente fallecida Marilyn.
-    De verdad, Megan, utilizar la imagen de esa actriz lo veo una frivolidad.
-    Quizás sea todo lo contrario, Jane. ¿Por qué los cuadros tienen que protagonizarlos reyes o personajes supuestamente ilustres? Para mí, Marilyn era frescura, libertad, sensualidad y muchas otras cualidades positivas.
-    En eso último coincido contigo, a pesar de su belleza y de parecer frívola, se notaba que era una mujer muy inteligente -dijo Jane con un deje de tristeza.
-    La pobre tuvo que sufrir mucho, replicó Megan.
-    La verdad que vivir siendo el foco en ese mundo tan hostil de Hollywood, sobre todo para las mujeres, puede acabar con cualquiera.
-    Desde luego, esas actrices deben soportar mucha presión, siempre teniendo que estar perfectas y sonrientes.
-    Así debe ser, Jane. Lo mejor para Marilyn antes de acabar así de destrozada, hubiera sido retirarse a la manera de Greta Garbo.
-    ¡Retirarse al estilo de la gran Greta Garbo! Eso habría sido imposible, para ello habría necesitado la ayuda de todo un montaje de la CIA y el FBI juntos, un complot de alto estado y que la hicieran desaparecer sin dejar rastro. Era demasiado exuberante y su vida muy pública, nunca la habrían dejado en paz.
Nada más decir esto se arrepintió, decididamente, con esta conversación estaba corriendo demasiados riesgos.
-    ¿Qué dices de complot, Jane? ¡Qué imaginación! ¡Creo que lees demasiadas novelas de intriga!
-    La realidad supera a la ficción, querida amiga, y retomando lo de la exposición, no me gustan las multitudes como ya sabes y si me he mudado al campo hace poco es porque quiero tranquilidad.
-    Deberías salir más, por eso te lo he propuesto. Estás todo el día aquí sola rodeada de libros y gatos.
Desde luego, su vecina Jane era un auténtico desastre, siempre con su pelirrojo pelo, recogido en un moño, unas gafas de culo de vaso y vistiendo ropa descuida de estar por casa, además de convivir con cinco felinos.
-    Espero que Ronald quiera acompañarme. Me voy rápido que tengo que preparar la cena de los chicos. Mañana te devuelvo los últimos libros que me prestaste.
Jane levantó la mano a modo de despedida y se quedó un poco pensativa mientras abría de nuevo la novela de su último exmarido.

Gemma Guillén Arqueros

InspirArte 2018. Sesión 6



NIGTHAWKS, Edward Hooper (1942)






Todo ha salido mal. Quedamos en que nos encontraríamos aquí, pero no estás. No sé qué pensar, la verdad. La pareja de la barra parece estar incluso más perdida que yo. ¿Cuánto tiempo llevarán juntos? Apostaría a que no se atreven a dejarlo por miedo a estar aún más solos. Sólo hay que verles las caras, no son precisamente Bogart y Bacall. No obstante, ella podría aspirar a algo mejor, o al menos eso es lo que parece estar pensando…

¿Qué hago aquí? ¿Por qué no le dejo? Me ha dicho mil veces que va a hablar con ella, pero sigue sin hacerlo. Hoy es nuestro aniversario pero, por supuesto, no se acuerda. ¿Cómo se va a acordar del primer día que me dijo que estaba obsesionado conmigo y que estaría dispuesto a dejar a su mujer y a sus hijos? Soy una ingenua. Estaba tan enamorada de él que le creí. Necesitaba creerle. Eso me animaba a seguir yendo a la oficina, a seguir pasando por su despacho y a no sentirme invisible. Por fin se había dado cuenta de que yo existía. Al parecer se había dado cuenta desde el principio. Cuando yo pensaba que me despreciaba porque me trataba con desdén, era simplemente su mecanismo de defensa para no dejarse arrastrar por el deseo irrefrenable de abrazarme. Eso fue lo que me contó cuando por fin se atrevió a quedar conmigo, en este mismo bar, pero ahora ya no sé qué creer… Tengo que dejarle, pero entonces, tendré que buscarme otro trabajo y es tan difícil encontrar una empresa en la que acepten a alguien como yo, sólo con estudios básicos y mi buena presencia….

¡Dios! Esta noche está preciosa. Ese es el vestido que llevaba en nuestra primera cita. ¿Cómo iba a olvidarme, si le queda como un guante y hace juego con su pelo? Con esa melena suya que me tiene loco. ¿Por qué seré tan cobarde? ¿Por qué no tendré valor para mandarlo todo a paseo y quedarme con ella? Podríamos empezar de cero en el sur, lejos de esta maldita ciudad. En algún pueblecito de la costa. Pero no, ella no quiere dejar Nueva York, ya me lo dijo. Le ha costado mucho llegar hasta aquí como para dejarlo todo ahora….

¿Dónde diablos estás? ¿Por qué no llegas? Sólo tenías que dejar la bolsa en la consigna. Una bolsa tan pequeña que no podría levantar sospechas. ¿Quién iba a sospechar que dentro de esa bolsita llevabas nada menos que diez mil dólares en diamantes? Quedamos en que una vez hecha la entrega, tú la dejarías en la taquilla 56 de la Estación Central y nos veríamos aquí a las 10. Pero son ya las 11 y ni rastro. Ni rastro de ti, ni de los diamantes. Me la has jugado, ¿verdad? Seguro que te has largado en el primer tren a Chicago. Todo lo que hablamos, todo lo que haríamos en cuanto los colocáramos. Todo era mentira…

¿Qué hora es ya? Las once. Menos mal que sólo me queda una hora para cerrar. Estoy molido. ¿Qué habrá hecho Estela para cenar? Seguro que hay pollo otra vez. Bueno, me da igual, lo que sea, con que me lo dé hecho. La pobre, bastante tiene con aguantar al mierda de su jefe y cuidar de los chicos. Un día de estos le voy a dar una sorpresa, se lo debo. Llevo mucho tiempo pensándolo y dicen que la playa está preciosa en esta época del año. ¡Sí señor! Un día de estos le voy a pedir que se case conmigo.

Susana Montoya del Álamo


AMOR EN EL DINER

Otro jueves más, en el mismo café, y todo para poder verte. Una mujer con una melena rojiza que resaltaba sus profundos ojos verdes que siempre iban acompañados de una preciosa sonrisa. La solía ver de un lado para otro o paseando con sus amigas, pero un día descubrí que tenía a otro hombre que la hacía feliz, lo que me hizo sentir estúpido.

Todas esas miradas y sonrisas que nos dedicábamos habían sido una farsa. Eso pensaba, hasta que los vi paseando juntos hasta el Diner, ella se giró bruscamente nada más reconocer mi silueta, ignorando por completo al hombre que tenía a su lado, y no dejó de mirarme hasta que desaparecí en la oscuridad de la noche. Y así empezó nuestra rutina, todos los jueves ella llegaba con su prometido mientras yo la esperaba leyendo el periódico.

Adoraba su forma de mirarme, podía sentir la electricidad recorriendo mi cuerpo. Era extraño, apenas habíamos cruzado palabra, pero no sentía la necesidad de hablarle, era como si ya la conociera.

Nos buscábamos, pero no llegábamos a encontrarnos, era frustrante sentir su mirada fija en mí cuando él la besaba, era una provocación tras otra, sentía que me pertenecía más a mí que a él.

Y es que mirarse a los ojos es otra forma de decir te quiero.


Andrea Navarro


InspirArte 2018. Sesión 5

LA ESPERA, Gustav Klimt (1905-1909)

 

 El cuadro

Cuando me encargaron el trabajo lo acepté sin rodeos, como había hecho siempre; acordé un precio con el comprador y comencé a investigar sobre el cuadro. No sospeché sus dimensiones, su peso y menos aún que se hallase en un palacio particular. El palacio Stoclet. Renegocié el precio tras esta primera investigación  y me puse manos a la obra. Elaborar el plan me llevó casi once meses. Incluso me preparé físicamente. Jamás un encargo me había supuesto tal esfuerzo, pero el dinero era mucho; me permitiría salir del país durante una buena temporada y alejarme de varias órdenes de búsqueda y captura.

Llegó el día D. Los propietarios habían cambiado temporalmente su residencia por un resort tropical en el otro extremo del mundo. Aún así, un mínimo personal de servicio continuaba con el mantenimiento de la casa.

La noche siempre se presenta con guante blanco así que permanecí escondido detrás de unos cipreses a que llegase el ocaso. No fue casualidad que no hubiese luna aquella noche. Alarmas, infrarrojos, sensores y un dóberman sedado iban quedando atrás.

Antes de que el sudor resbalase por mi cuerpo estaba frente al cuadro. Apenas había luz pero desprendía un brillo singular. Y no eran sus abalorios ni su túnica, ni siquiera su hermoso tocado. Nada era comparable al destello de su rostro.

Finalicé mi trabajo antes de que los pavos reales abriesen su abanico y el servicio despertase del sueño inducido.

A salvo, en la intimidad de mi morada volví a empaparme de su belleza, de su atracción, de sus manos dulcemente forzadas y bajo su mirada atrayente tomé la decisión. Llamé al comprador y sentencié: “el cuadro no está en venta”.

Al final había merecido la pena “La espera”. 

María Eugenia Turpín


Sueños rotos

Hola, soy Elisa, quiero ser modelo, y por eso ahora estoy dirigiéndome a mi décimo casting de modelaje de la semana y no son los únicos en lo que he participado; de hecho, hoy hará un año desde la primera vez que me presenté a una audición.

Me acuerdo perfectamente: el tema elegido  para la sesión fotográfica fue el Antiguo Egipto. Tuve que ponerme un vestido largo y sedoso con un estampado de triángulos, multitud de brazaletes y en el pelo me hicieron un moño recogido con un tocado, todo muy lujoso para mi gusto.

Llegué a la pasarela, desfilé e hice mi mejor pose.

Fue entonces cuando escuché de la boca del director de la audición, Gustav Klimt, por primera vez la oración que iría rompiendo mis sueños:

—Lo siento chica, pero tu carrera como modelo tendrá que esperar. 

Olga Ruiz


La mujer del cuadro era una reina que un día quiso hacerle una prueba al pueblo, y quien lo conseguía era bien recompensado. Esta prueba consistía en que iba a poner muchos cuadros por el pueblo, entre ellos se encontraba este. Lo puso en un lugar muy visible para que la gente pensase que no podía ser ese el cuadro que había que llevarle porque estaba a la vista de todos y el que se estará buscando, supuestamente, sería más complicado de encontrar. Tenían de tiempo solo dos días y valía escoger un solo cuadro por familia.

La gente no paraba de traer cuadros, sin embargo nadie acertaba. Cuando faltaron solo unas pocas horas para que se terminase esa prueba, de repente entró un chico con ese cuadro.

Lo recibió la reina en privado y le hizo una pregunta, la cual era que por qué eligió ese cuadro, él respondió que al separarse de su madre cuando era pequeño lo único que recuerda es que tenía puesto un vestido igual que el del cuadro, hasta en las figuras geométricas. Él con solo verlo se fue corriendo hacia él, lo cogió y lo guardó. En ese momento la reina se dio cuenta de que él era su hijo perdido.

Houda El Ayani




 

InspirArte 2018. Sesión 4



LAS SEÑORITAS DE AVIGNON', Pablo Ruiz Picasso (1907)





MIRADAS ENCONTRADAS

Con motivo del cumpleaños de Paula, habíamos decidido no posar ese día y quedar las cinco en su casa, para pasar la noche allí. Yo fui la primera en llegar, Paula lo tenía casi todo preparado, excepto el pastel, debido a que no alcanzaba las manzanas por su baja estatura, así que yo le ayudé a cogerlas y preparamos una jugosa tarta.
Al poco tiempo llegó Diana, quejándose del tiempo. Paula puso los ojos en blanco.
– Alicia, ¿por qué ha tenido que venir si no nos cae bien a ninguna? – le respondí sonriendo.
– Porque tiene su gracia.
Mientras llegaban las demás, Paula nos contó cómo su prometido miraba a otras con descaro, delante de ella.
– Sé que no soy perfecta, pero por lo menos podría respetarme un poco, ¿no?
Diana respondió.
– Ya sabes lo que pienso de ese impresentable, no sé cómo has aceptado ese compromiso.
– Es un acto reflejo del ser humano, pero debería controlarse, por lo menos cuando está contigo – intenté calmar los ánimos.
En ese momento llegaron Lara y Blanca, que se metieron de lleno en la conversación.
– Tu prometido mira a todas con deseo – dijo Lara.
– Pues a mí no – respondió Blanca en voz baja.
Todas reímos y Diana preguntó con malicia:
– Blanca, tú al final vas a ser monja, ¿verdad?
Blanca se quedó muda pero se podía percibir su enfado. Paula propuso hablar sobre los muchachos que les atraían, Lara empezó a enumerarlos.
– Carlos, Juan, Pablo, David, Jesús…, pero solo he coqueteado con los tres primeros, el resto ya se verá.
Diana le preguntó a Blanca quién le gustaba, pero ella decidió no contestar. Y llegó mi turno, no sabía qué responder, nunca me había atraído ningún muchacho, de hecho no las comprendía cuando hablaban de sus enamorados, y decidí decir la verdad.
– Nunca me he sentido atraída por ningún hombre.
Todas se quedaron pensativas, excepto Paula, que con rapidez me preguntó:
– ¿Y por una mujer?
Ahora todas se sorprendieron mucho y esperaron mi respuesta.
– De lo que estoy segura es de que nunca he sentido eso por un muchacho.
– Lo intuía – respondió Lara.
Blanca estaba absorta, pero las demás estaban demasiado interesadas en mis palabras como para darse cuenta.
– Pero, ¿qué es lo que sientes? – preguntó Paula.
Me quedé dudando un rato.
– Para empezar, ni yo misma sé lo que siento.
– ¿Pero te gustan todas las chicas? - preguntó Lara.
Blanca respondió por mí:
– ¿Y a ti, te gustan todos los chicos?
Cuando Lara se dio cuenta de lo absurda que sonaba esa pregunta, se sonrojó y se quedó callada.
– Pues por ejemplo me siento a gusto con ellas, aprecio su belleza y su delicadeza – al fin pude contestar.
– Pues yo no me siento nada atractiva, odio todo de mí – terció Diana.
– Tienes una cintura de avispa envidiable – le contestó Lara.
– Ojalá yo fuera tan resuelta como tú – respondió Diana.
Paula estaba muy seria, lo que era extraño en ella, y decidí preguntarle.
– Paula, ¿qué es lo que más te gusta de ti?
Ella respondió con tristeza.
– Nada, soy bajita, me siento fea, soy insegura y por si fuera poco, me río en los momentos más inoportunos, ¿qué se supone que me debe gustar de mí?
– ¿Tu gran sentido del humor? – intenté animarla -. Además, qué más da ser bajita si existen los taburetes – conseguí sacarle una sonrisa.
Blanca se unió al grupo diciendo:
– A mí me gustan las pecas que me salen en verano y mis ojos color café.
Yo respondí:
– Nadie es perfecto, el físico no lo es todo, pero hay personas a las que su gran personalidad vuelve muy atractivas.
Todas quedaron satisfechas y empezamos a cenar. La cena estuvo muy animada, Lara y Diana incluso se hicieron amigas. Cuando subimos a la habitación nos cambiamos sin pudor, no hubo comentarios desagradables ni miradas de envidia, sólo miradas encontradas.

Andrea Navarro Conesa, alumna de 2º de Bachiller

InspirArte 2018. Sesión 3

MUJER EN EL BAÑO, Roy Lichtenstein (1963)



He buscado en Google el cuadro “Mujer en el baño” de Roy Lichtenstein de 1963. Siendo sincera, es la primera vez que lo veo.

Observándolo, de entrada puedo decir que esta joven mujer que está en la bañera parece de lo más feliz, disfruta realmente de su baño de espuma, seguramente perfumada con sales de baño.
Me imagino… que ella ha llegado a casa después de un largo día muy atareado, tal vez trabajando, como una mujer de los años sesenta, moderna e independiente. Tal vez llegó con hambre y cenó. Tal vez recogió la cocina después. Y como merecida recompensa se preparó un relajante baño.
Puso primero el tocadiscos con uno de sus discos preferidos para ambientar el momento. De su dormitorio cogió un camisoncito y las zapatillas.
Abrió el grifo de agua y llenó la bañera mientras se quitaba la ropa del día y los incómodos zapatos de tacón. Se sujeta el cabello con unas horquillas para no mojárselo. Coge su frasco de sales de baño y echa una buena cantidad en el agua caliente y remueve con la mano para producir la espuma.
Lo siguiente fue meterse dentro de la bañera y dejar que el agua cubriera su cuerpo cansado. Se relaja de inmediato. Mientras se enjabona canturrea feliz la canción que llega del tocadiscos situado en el salón.
Si alguien estuviese observándola tras una cámara, vería a una mujer joven y guapa alegre de vivir el día a día.
Coral Solano Sánchez. Alumna de 3ª ESO      

Skjønnhet 

Escuché alboroto alrededor. No era mi día desde que había sacado los pies de la cama. Hacía frío en las calles de Calatayud mientras caminaba a clase. Me crucé con Eric antes de llegar al instituto y, no sé por qué, instantáneamente pensé en lo que el profesor dijo en la clase del día anterior.

«La naturaleza humana siempre se declina y se declinará por la belleza.

Es así, entre algo desagradable y algo agradable, y relacionando agradable con bonito, elegimos esto último.Aunque la belleza es una de las cosas más subjetivas que conocemos. En realidad, existe una línea de lo más delgada entre clasificarla como subjetiva u objetiva. Es decir, lo que a alguien le parece bonito, a otra persona puede parecerle feo, obviamente, pero también hay elementos que son bonitos de por sí y que lo son para el 99% de la población.

La belleza es como la diferencia entre los humanos, estamos en una balanza en la que cada uno es distinto del anterior, pero a la vez tenemos muchísimas características que nos hacen absolutamente iguales.

Lo importante de todo esto es respetar lo que a cada uno le parece bonito o no. 

Pongámonos en el caso de que alguien se nos acerca y, transparente como el agua, nos dice que somos feos. No tendría que sentarnos mal, y sin embargo suele ofendernos. Es más, hay profesores que obligan a sus alumnos a que no llamen feo a un compañero, a que no lo "insulten". Esto es como los piropos, la cosa cambia mucho según como se diga. ¿Por qué no se les enseña a estos niños a decir lo que piensan con respeto en vez de prIvarlos de su libertad de expresión?

Si nos dijeran que somos guapos, entonces la cosa cambiaría, y no debería ser así. ¿Por qué la palabra feo es un insulto y guapo no? A lo mejor un alumno se siente ofendido porque le digas que es guapo porque no piensa igual que tú, o a lo mejor alguien se siente halagado porque pienses que es feo. El ser humano es, sin duda, el ser más complicado que existe, con lo fácil que es entender que el truco está en no interponerse en los gustos de ninguna persona.

Tendemos a ofendernos con una opinión cuando no estamos de acuerdo, y esto es un gran error del desarrollo humano. Una falta de tolerancia que debemos arreglar.

Todos los seres son bonitos y, a la vez, todos los seres son feos. ¿Qué problema hay en ello?»

Indudablemente el profesor tenía razón. A mí, Eric, por ejemplo, me parecía muy guapo, tenía los ojos azules, el pelo también y media cara quemada por un accidente que tuvo de pequeño. Entiendo que otras personas no sepan ver su belleza, y que les parezca desagradable que a mí sí, pero no debería ser así. La belleza también tiene que ver con la autoestima, con la forma de ser y con el empeño que le pongas. Es así, si te convences de que algo es bello, terminará siéndolo. Los seres humanos somos capaces de muchas cosas, incluso de convencernos para ver cosas donde no las hay.

Eva Marín García. Alumna de 2º de Bachiller


He tenido que pedirle a mi vecina del apartamento 27 que se quedara un rato a Joey; su Mikey es de la misma edad y van juntos al colegio del barrio todas las mañanas. Se ha hecho cargo enseguida: no te preocupes mujer, si no nos ayudamos las unas a las otras ¿quién va a hacerlo?
Menos mal que estaba en casa y ha podido hacerme el favor, por un instante se me ha venido el mundo encima cuando Mary me ha dicho que hoy trabajaba en el turno de tarde, porque su compañera Elizabeth se había resbalado en la cocina del restaurante y su jefe no tenía otra de quien echar mano. He creído que esta mala suerte que lleva tanto tiempo persiguiéndome, estaba haciendo otra vez de las suyas.
Desde que Michael tuvo que marcharse a ayudar a poner en marcha un nuevo taller en la otra punta del estado, porque para el dueño es indispensable, pero no le aumenta el sueldo ni a la de tres, no levanto cabeza, la vida se empeña en ponerme una traba tras otra a ver si salgo adelante sin mi marido, y darle así la razón a mi madre ¡¿cómo vas a poder tú con todo sola?! Que su fe en mí no es más grande que la hormiga que acabo de cruzarme en el rellano, porque otra cosa no, pero a vista aguda no me gana nadie: lo veo todo, por insignificante que parezca y nadie más se percate, yo, lo veo.
Y gracias a ese pequeño don fue como vi el anuncio en el periódico; estaba en el banco de la esquina, debió de dejarlo olvidado el señor Mackenzie, ese anciano lo coge todos los días de la papelera que hay delante de nuestro portal, religiosamente, sin faltar uno: llueva, truene o nieve, él se acerca con su paso cansado, apoyado en su bastón y lo saca como si fuera un preciado tesoro, que para él lo es, sin duda. Se pasa al menos una hora cada mañana en ese banco ojeándolo, y luego lo dobla cuidadosamente para depositarlo nuevamente en la misma papelera, pero ayer tuvo que pasar algo, porque es extraño que altere su ritual, debido a ese imprevisto yo lo recogí con intención de devolverlo a su sitio, cuando unas letras llamaron mi atención y me detuve a leer el mensaje que me ha traído hasta aquí. La verdad es que desde entonces presiento que mi suerte está empezando a cambiar, con lo que me paguen podré aguantar hasta fin de mes, porque el dinero que me dejó Mike…, que si su jefe es tacaño, él más: se cree que un dólar se estira sin límite, y mira que yo me doy buena maña en buscar los mejores sitios para que esos pocos billetes duren, pero esta vez se está alargando el montaje del nuevo taller y apenas me quedan 5 dólares.
Parece increíble, pero es cierto: me pagan por estar media hora en esta increíble bañera, dos veces a la semana, para que ese tipo extravagante me pinte… que digo yo: ¿qué interés puede tener nadie en un cuadro en el que sólo hay una mujer en el baño? A lo mejor es para la campaña publicitaria de esa marca de gel que anuncian tanto en la tele, pero me da igual, entre todas las que se presentaron me han elegido, y todo porque en cuanto me vio el pintor dijo: ¡esa, esa es la cara que llevo meses buscando: la de una feliz ama de casa! Me da una risa, aunque si hay que sonreír, yo sonrío, y más pensando en que el dinero es para darme algún caprichillo, y todo el país me va a ver, para que luego diga mi madre que no me las sé apañar sola.
Temperatura del agua perfecta, nivel de espuma idóneo, por fin un momento para mí…

Eugenia Pérez Zarauz. Profesora de Lengua Castellana y Literatura



InspirArte 2018. Sesión 2

SOLEDAD, Paul Delvaux (1955)




Azul oscuro, así estaba el cielo
adornado con destellos
y una luna blanca pintada sobre él.
Cual tela, el cielo se sujetaba
por los altos pilares eléctricos que daban
luz a las calles, recién iluminadas.
Esbelta, así era la muchacha que paseaba.
Hilos dorados colgaban de sus cabellos
y el sonido del tren
se disipaba a lo lejos.
La medianoche se acercaba,
las luces se apagaban
y la luna se alzaba
sobre la noche estrellada.

María José Martínez Gutiérrez. Alumna de 1º ESO A

Por las noches, haya luna o no, me acerco a la estación. En realidad, no espero a nadie porque nadie hay a quien esperar allí. Me acerco a la estación cuando ya solamente pasan, de forma monótona, los trenes de mercancías…

Seguramente la soledad es esto: observar esos trenes de mercancías que, en la noche (haya luna o no), pasan y pasan. Entonces me quedo muy quieta y miro las vías del tren que, a veces, brillan bajo la luz de la luna (cuando no hay luna no brillan ni nada…).

La soledad (probablemente) es observar esas vías del tren. Mirar el andén (también) en ese momento en que ya no pasan trenes de pasajeros, esas personas a las que -tal vez- aguardar en la estación y regresar a casa en compañía de alguna de ellas…

En realidad, da igual la hora, da igual el momento. No importa tampoco que pasen trenes de pasajeros que suben y bajan del vagón, personas que se mueven y merodean arriba y abajo por el andén… Da igual todo eso. Da igual que haya pasajeros a estas horas en que solamente estoy yo aquí.

No importa, eso es. Porque, a decir verdad, no hay nadie a quien esperar.

La soledad (indudablemente) es esto: esperar a nadie y ponerte un vestido rojo, quedarte quieta en el andén, mirar la luna (que puede estar o no…). Los pasajeros, los trenes, el andén… Todo eso no importa: solamente importa la noche y mi vestido rojo y la luna que no me sonríe (ni lo hará nunca: esté arriba o no esté).

Así que: vestido rojo, noche, luna, andenes vacíos.


Solamente eso.  

Alfonso García-Villalba MartínezProfesor de Lengua Castellana y Literatura

InspirArte 2018. Sesión 1

LA TENTACIÓN DE SAN ANTONIO, Salvador Dalí (1946)




La falta de lluvia había convertido el paisaje en un desierto. Jorge salió de casa, como todas las mañanas, para trabajar en su huerto; pero aquel día todo era diferente. Hacía un calor sofocante y el cielo comenzó a cubrirse de nubes. A lo lejos se podía ver un extraño desfile de animales.
- ¡Aléjate de mí, aléjate de mí!; gritaba una mujer, vestida de rojo, con una cruz en la mano; mientras un zombi intentaba acercarse a ella. De repente, un ángel blanco apareció flotando en el aire para rescatarla.
Jorge, asustado por los gritos, intentó huir, pero tropezó con una piedra y cayó al suelo. Al intentar levantarse, se dio cuenta de que estaba desnudo y que los extraños animales estaban cada vez más cerca.
Un caballo y cuatro elefantes, todos con las patas larguísimas, se dirigían hacia él. Jorge cogió dos ramas, las puso en forma de cruz e intentó espantarlos.
El caballo, asustado levantó las patas delanteras, sus herraduras parecían derretirse del calor. Fue entonces cuando el hombre pudo ver que los elefantes iban cargados. El primero con un pedestal donde una mujer bailaba, el segundo con un obelisco de piedra y los dos últimos llevaban un templo clásico dorado, por cuya ventana se asomaba el cuerpo desnudo de otra mujer.
- ¡Alto ahí!, dijo Jorge, con voz enérgica, pero muerto de miedo. “Liberad a nuestras mujeres y devolvednos nuestras riquezas”; pero el caballo continuaba enfurecido.
- ¡Apártate de ahí, buen hombre, que te vamos a aplastar!, dijo la mujer. “Veo que ya vas preparado para la fiesta”. Jorge la miró sorprendido y le preguntó qué quienes eran.
Somos los miembros del circo; actuamos esta noche en la fiesta de la plaza”.
Pero…, ¿y esos monstruos?”, preguntó él.
- ¿Monstruos?; son todo disfraces. “Es un espectáculo de animales fantásticos contra muertos vivientes; los habitantes del pueblo seréis algunos de los zombis, de hecho, ya hay algunos ensayando”.
- Ah, claro, claro; dijo avergonzado. “Ahora lo entiendo todo”.
Dos horas antes, de camino a su huerto, Jorge se había quitado la ropa para pegarse un baño en el arroyo… Por lo visto, se había quedado dormido, hasta que los gritos de una de las actrices lo habían despertado.
“Por cierto, llevas el mejor disfraz de zombi que he visto nunca, seguro que ganas el primer premio”; dijo el actor que dirigía el caballo.


José García Fernández. Profesor de Geografía e Historia.



Tormenta
Tanto es lo que destruyes, lo que arrebatas.
Ni la fuerza de mil hombres o cien caballos se compara a la tuya.
¿Cómo quieres que yo lo haga?
No intentaré pelear contigo, mucho menos detenerte.
Eso no significa que seas más que yo, ni más grande, ni más valiente.
Somos exactamente iguales, pero nos mostramos de manera diferente.
Ahí estás, prepotente y amenazadora. Intentando intimidarme mostrándome lo fuerte y desastrosa que eres.
Aquí estoy yo, desnudo, de rodillas frente a ti. Sosteniendo mis palabras en una mano y mostrándote mi fe en la otra.
Al final, eres tú quien retrocede.
Porque aunque la fuerza de mil hombres y caballos quede pequeña ante la tuya.
La fe de uno, puede con todo.


Gabriela Paola Rodríguez Morillo. Alumna de 2º ESO A

InspirARTE

InspirARTE. Un cuadro, dos visiones


La última semana de octubre iniciamos en nuestra biblioteca, por segundo año consecutivo, el proyecto InspirARTE, centrado este año en la relación entre pintura y escritura, después de que el año pasado lo hiciera con la música y las artes plásticas. Este proyecto está relacionado con el programa de atención a altas capacidades del centro, que este año está centrado en el arte del siglo XX, y con las II Jornadas Artísticas de nuestro centro, que se realizarán en el tercer trimestre.

La actividad principal del proyecto, planteada inicialmente como mensual pero que la favorable acogida probablemente convierta en quincenal, consistirá en la creación de un texto a partir de una conocida pintura del siglo XX. Los textos estarán a cargo de un profesor y un alumno para cada cuadro.

Próximamente iremos mostrándoos los resultados.

InspirARTE

Con motivo de la celebración de Santa Cecilia, el pasado 22 de noviembre los alumnos de FP Básica Especial realizaron un mural con el título de la actividad "InspirArte". La actividad consistió en mezclar disciplinas como música y pintura, a través del comentario de cuadros con la música como inspiración; o de la música y el cine a través de bandas sonoras de películas míticas.


Los alumnos de FP Básica Especial dejaron plasmada esta mezcla de disciplinas en el mural que se puede ver en el corcho de la Biblioteca. Agradecemos a sus profesoras y a estos alumnos su colaboración con la biblioteca.